La historia diplomática entre México y Cuba no nació de la hermandad ideológica ni de la afinidad sentimental. Surgió de algo más hondo: el instinto de supervivencia. Dos países distintos, dos revoluciones, pero un mismo horizonte geopolítico y una misma sombra proyectada desde el vecino del norte. No fue una amistad romántica, sino una complicidad forjada bajo la misma amenaza.
Cuando Estados Unidos intervino militarmente en la isla en 1898, convirtió al Caribe y a América Latina en su patio trasero. Poco después, México confirmó la fragilidad de su propia soberanía: en 1913, tras el llamado Pacto de la Embajada, que culminó con el derrocamiento y asesinato de Francisco I. Madero, alentado por el embajador Henry Lane Wilson, Cuba fue el único país que, por conducto de su representante Manuel Márquez Sterling, se opuso con valentía a aquel ominoso crimen. Desde entonces, ambos pueblos comprendieron la misma lección: la independencia es siempre precaria cuando el vecino empuña el garrote
La advertencia se volvió certeza un año después. En 1914, tropas estadounidenses ocuparon Veracruz. Fue una invasión, una demostración de fuerza para pisar la Revolución mexicana. En el momento crítico, la solidaridad latinoamericana actuó. En Niagara Falls, Argentina, Brasil y Chile mediaron el conflicto y presionaron la retirada; Cuba acompañó con firmeza esa postura. México descubrió que la soberanía también podía tejerse con alianzas entre iguales.
Décadas más tarde, la lealtad de México no se hizo esperar. En 1962, el embargo económico de EU contra Cuba buscó rendirlos por hambre y enfermedades. Mientras buena parte del continente guardaba silencio, México mantuvo relaciones diplomáticas y envió medicinas, alimentos y combustible. No era adhesión ideológica, sino amistad solidaria con el pueblo.
Durante los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, se refinanciaron y condonaron adeudos petroleros. México sabía que los bloqueos no castigan gobiernos, sino pueblos, panaderías, hospitales y escuelas. Al negarse al estrangulamiento, defendía algo más que a la isla: protegía su propia soberanía moral y la conciencia histórica.
La historia entre México y Cuba ha estado escrita por invasiones, sanciones, amenazas y embargos. “Si en el primer acto aparece una pistola, en el tercero debe dispararse”: Antón Chéjov. Cada amenaza termina por cumplirse. Cada presión exige una definición. La geopolítica no admite montajes; todo augurio acaba convertido en hecho.
El presente ha vuelto a tensar la cuerda. La administración de Donald Trump reactivó la política del castigo comercial: represalias a los países que suministren petróleo a la isla. El comercio convertido en arma; el petróleo, en instrumento diplomático. Ante ese escenario, el gobierno de Claudia Sheinbaum optó por suspender envíos de crudo, para evitar un costoso de un choque frontal con Washington.
Pero toda prudencia tiene un precio simbólico. Entre la solidaridad histórica y la interdependencia económica, no hay margen. La diplomacia se vuelve aritmética: cuánto resistir, cuánto ceder, cuánto preservar sin renunciar a los principios. Allí se juega algo más que un contrato comercial; se juega la memoria de un siglo de gestos dignos.
La relación entre México y Cuba no ha sido un intercambio coyuntural. Es memoria compartida de invasiones, bloqueos y resistencias; la certeza de que los países medianos sólo conservan dignidad cuando se acompañan. Cambian los gobiernos, cambian los cálculos, pero persiste la misma pregunta: ¿hasta dónde puede estirarse el realismo sin vaciar de sentido los principios? Porque: hay que decidir qué parte de la historia se está dispuesto a traicionar.
La dialéctica enseña que la historia no avanza en línea recta, sino a golpes de contradicción: cada afirmación engendra su negación, cada orden prepara su ruptura. Tesis y antítesis: los pueblos se transforman no por la quietud, sino por el conflicto interno de sus propias promesas incumplidas. Hoy, Cuba enfrenta su propia paradoja.
La revolución que zarpó de México en el “Granma”, soñada como justicia social y emancipación, terminó derivando en burocracia, corrupción y autoritarismo. Es la ironía dialéctica del poder. Y en esa tensión, entre memoria revolucionaria y agotamiento histórico, vuelve a decidirse, una vez más, el destino de la nación cubana y la amistad de México.
P.D. Cuba se escribe con b, no con v: del mismo modo en que el imperialismo pretende reescribir la gramática, la historia y, si puede, las costumbres.
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