Somos estrellas, aunque a menudo lo ignoramos. Con frecuencia, apagamos nuestra propia luz, cuando en realidad fuimos creados para brillar. Ignoramos qué oscureció esa luz, o a quien dejamos que la apagara.
Somos seres únicos, singulares, llenos de fortalezas aún por descubrir. Es como explorar un planeta desconocido y dar los primeros pasos con cierta duda. En la introspección, nos unificamos, y entonces esa luz se expande, como un fósforo que se encendiera, como una hoguera cobrando vida. Nuestros ojos revelan ese nuevo brillo.
Soy consciente de que mis átomos no serán eternos, pero me reconforta saber que existe un después, un retorno al origen para reinventarme. Quizá se trate de otros parámetros, otras reglas a las que tendré que acostumbrarme.
Algunas estrellas jamás brillaron, o su resplandor fue efímero, como una luz que se apagó y dejó tras de sí un agujero negro o una enana blanca, dejando solo sufrimiento y una huella amarga en la Tierra.
Si asimiláramos esto, miraríamos a los demás con mayor empatía y respeto, conscientes de que somos polvo de estrellas, trayectos en el infinito que una vez iluminaron la Tierra.
Y quizás, al comprender que fuimos estrellas radiantes que trascendimos, y ahora somos humanos, confinados en un cuerpo y en un planeta, entenderemos que somos como la oruga que se transforma, abriendo su capullo para desplegar sus alas y volar libremente.
Sí, somos estrellas; llevamos esos elementos en nuestra sangre, somos un misterio, una esencia viva que aún no hemos explorado, un enigma con el que convivimos y compartimos la almohada sin preguntas.
Y desde este saber y este universo enclavado en mi corazón, puedo mirar al cielo, consciente de mi origen y anhelando el retorno.
Y quizás, en ese entendimiento profundo, podamos mirarnos con mayor claridad, reconociendo la luz que cada uno lleva en su interior y entendiendo que, aunque cambien nuestras formas, la esencia permanece.