Recorro los Campos Elíseos y luego el Marais, el antiguo barrio judío, gay y artístico de París, hoy colonizado por un sinfín de tiendas de lujo, observando las huellas de los destrozos cometidos el pasado 17 de octubre: cristaleras estrelladas, aparadores vacíos, paneles de madera adosados sobre los escaparates, rejas que protegen aquellos santuarios de la moda de sus posibles atacantes. Invitado a inaugurar los cursos de español en la Sorbona, mi conferencia se cancela como tantas otras actividades en medio de la tensa calma posterior a las horas de violencia y pillaje y en espera de la nueva ola de protestas convocadas para este mismo sábado.
El 68 también se inició así, con una pequeña manifestación que, tras ser brutalmente disuelta por la policía -hablo tanto de Francia como de México-, provocó la indignación que a su vez fue recibida con una nueva ola represiva, en una espiral que se prolongó por semanas. En estos días confusos, muchos rememoran aquellas jornadas para entresacar paralelismos o negar cualquier similitud entre estos dos momentos de furia e inestabilidad. La coincidencia más obvia es la ruptura generacional: entonces el mundo estaba gobernado por los viejos vencedores de la Segunda Guerra Mundial, quienes no acertaban a comprender a los universitarios que se alzaban contra ellos. Hoy, tras diez años en el poder, Macron y el sistema que lo rodea tampoco parecen entender a los niños y jóvenes -la mayoría lycéens, pero también estudiantes de secundaria- que prendieron la mecha de las manifestaciones.
Igual que los acampados en la Plaza del Sol de Madrid o los rebeldes de Milán, Tirana y tantas otras ciudades europeas, los muchachos que exigen una educación pública de calidad reflejan el malestar que millones de europeos sienten ante el declive de sus estados de bienestar. Se trate de denunciar la privatización de los sistemas de salud, la erosión de las escuelas, el aumento de los alquileres o la precarización del trabajo, en todos los casos se advierte la misma desazón y la misma rabia ante un mundo que solo busca proteger los intereses de los mayores -sean las pensiones de la mayoría o la abismal riqueza de unos pocos- y desatiende a sus nuevas generaciones.
En los últimos diez años, con gobiernos de izquierda o de derecha, el resultado ha sido el mismo: una desigualdad rampante y millones de jóvenes convencidos de que tendrán vidas mucho más arduas que las de sus padres. Hartos de los políticos que los han llevado allí, muchos de ellos engrosan las filas de la ultraderecha -la única forma que hallan de ser outsiders-, sin reparar en que, si llegan al poder, sus líderes lo primero que harán será machacarlos aún más. Otros, en cambio, son los que han iniciado las recientes protestas en busca de un futuro mejor. A ellos se han sumado los provocadores que han preferido destruir todo a su paso: su violencia es injustificable, pero la razón última que los anima es la misma de sus coetáneos: la ausencia de esperanza.
La reacción del gobierno de Macron, en horas extra, ha sido torpe y tardía. Excesos contra muchos de los jóvenes inermes -a veces de doce o trece- y el pasmo o la impotencia contra los vándalos. El peor aliciente cuando se acercan las próximas elecciones presidenciales: en todos los sondeos, llegarán a la segunda vuelta la ultraderecha de Le Pen y la ultraizquierda de Mélenchon, con altas probabilidades de que sea la primera quien capitalice sus promesas del regreso al orden. A nadie sorprende que, de Trump a Meloni, los caudillos nacionalpopulistas le echen la culpa de los disturbios a la migración, por más que la mayoría de los manifestantes, tanto los pacíficos como los violentos, hayan nacido en Francia.
El panorama no puede ser más desalentador: tanto aquí como en España -y, por lo demás, en casi todo el planeta- se aprestan a llegar al poder quienes no harán otra cosa que proseguir el progresivo desmantelamiento de los servicios sociales, acentuando aún más la brecha entre generaciones. En el 68 también ocurrió: tras un paréntesis de euforia, las protestas fueron aplastadas sin contemplaciones. Aun así, es el espíritu crítico de esos niños y adolescentes que salen a las calles a exigir pacíficamente una mejor educación lo único que puede recordarnos que debemos ser realistas y exigir lo imposible.