En la película Los productores, de Mel Brooks, la derrota rinde más que el éxito. Cuando una obra de teatro permanece en cartelera, hay que pagar salarios y hacer gastos de todo tipo; en cambio, si las funciones se cancelan, es posible quedarse con el dinero para la producción y el fisco no investiga nada. Con esto en mente, los productores preparan el peor espectáculo de la temporada. Ganar depende de saber perder.
La comedia de Mel Brooks ayuda a entender tragedias. México es un país donde la derrota puede aportar más que la victoria. La selección nacional ofrece un buen ejemplo. A pesar de los marcadores en contra, es viajera frecuente a los Mundiales y pertenece a la élite de quienes más han participado, junto a Brasil, Alemania, Italia y Argentina, países que han ganado la copa varias veces, rendimiento muy por arriba del nuestro. 17 Mundiales no han sido suficientes para destacar en la cancha, lo cual no impide que el Tri sea una de las cinco selecciones que más dinero producen. Su rating, como el de las telenovelas, no depende de la calidad.
Esta posibilidad de tener éxito en el fracaso ha sido plenamente aprovechada por la política. En 2027 se cumplirán 50 años de reformas y contrarreformas electorales. ¿Qué sucedió en ese arduo proceso? Del Partido Único pasamos… ¡al Partido Único!
Amparados en una retórica progresista, tanto el PRI como Morena han hecho un uso corporativo del poder. Si el anterior Partido Oficial se apropió de los colores de la bandera, el nuevo pinta con el suyo a la patria. Los barrenderos dejaron de usar uniformes anaranjados para vestir prendas color vino, con el resultado de que no eran fáciles de ver y podían ser atropellados. La solución fue dotarlos de chalecos amarillo limón, fosforescencia que ningún grupo político reclama como suya. Las ilusiones de democratización desembocaron en esa metáfora: un servicio de limpia vestido como el partido ganador.
Hay que reconocer que a nuestra incierta democracia no le faltan momentos históricos, como el triunfo de Claudia Sheinbaum. Está por verse si el deseable “sello propio” que prometió en su campaña se consolidará después de la revocación de mandato en 2027, cuando gobierne sin excesiva presión de su partido. Por ahora, la Presidenta se conduce con aplomo, pero su margen de maniobra es muy escaso. La desmesurada deuda pública que dejó López Obrador impide el gasto social, el Caudillo no deja de proyectar su sombra, el Congreso retrasa las iniciativas de la Presidenta, el Ejército es un conglomerado económico con peso estratégico, el crimen organizado domina parte del territorio y Trump amenaza acentuar nuestra dependencia. En estas condiciones, ganar la Presidencia representa una tarea casi sacrificial.
A esto se agrega un problema de mediano plazo. Buena parte del apoyo que recibe Morena deriva de programas asistencialistas que benefician transitoriamente a la población. Pero el aumento en el ingreso genera expectativas. El sueldo mejora al tiempo que las opciones de educación, salud y cultura empeoran. ¿De qué sirve ganar más si disminuye la calidad de vida? ¿Los votos morenistas tienen sustento frágil? Por ahora, su mayor aliado es la oposición, incapaz de presentar alternativas.
Pero estábamos en que ganar depende de saber perder. ¿Qué ha pasado con el gran derrotado de la alternancia democrática? Después de 71 años de hegemonía, el PRI no supo convertirse en oposición. Logró tener un sexenio de gracia con Peña Nieto, pero el desastre fue tal que a partir de entonces perdió la ilusión de gobernar y decidió suicidarse de manera productiva. El PRI no deja de fracasar en beneficio de su cúpula.
Alejandro Moreno Cárdenas, “Alito”, ya no tiene que conciliar a las corrientes de opinión que antes inquietaban al partido tricolor. Sin la urgencia de encauzar un intrincado movimiento de masas, controla con eficacia a un grupo de fieles correligionarios y administra a discreción los recursos aportados por el INE. Siguiendo el ejemplo del Partido Verde y el Partido del Trabajo, puede hacer las promesas irrealizables de quien sabe que no gobernará y “vender caro su amor” en alianzas con los partidos fuertes.
Desde el punto de vista de los intereses personales, resulta más provechoso ser líder de un partido perdedor que gobernar. En un país donde el triunfo compromete, no hay como la comodidad del fracaso.