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Escuchar a Carlos Slim es una delicia porque, a pesar de sus 86 años, su mente tiene la lucidez de quien no deja de pensar en números y oportunidades todo el tiempo. En su conferencia anual de la “Fundación Carlos Slim”, da cátedra sobre la historia económica del país y las posibilidades que tiene para crecer más y salir adelante.  Su optimismo ve el lado soleado de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien quiere más inversión, elimina obstáculos y lucha firmemente contra la inflación. 

Habla de las oportunidades que hay con tasas de interés reales muy  bajas, de aproximadamente 2% anuales; narra el esfuerzo que sus empresas hacen para extraer petróleo en sociedad con Pemex y no deja de reconocer la gran capacidad de los trabajadores mexicanos. Aunque su visión del futuro es más alegre que la de Pedro Aspe, el exsecretario de Hacienda, coincide con él en la prioridad económica del gobierno: tapar el agujero que es Pemex y en la urgencia de extraer más petróleo y gas del subsuelo antes que tratar de refinarlo. 

El doctor Aspe tiene una visión clara de la trayectoria que sigue el país desde hace 7 años, cuando llegó la 4T al poder. La carga de la deuda se acerca al 60% del PIB, un nivel en el que se puede perder el grado de inversión; Pemex es un agujero negro que chupa la sangre del erario. En el país, la inversión languidece y se pierden recursos para infraestructura, porque las pensiones sociales equivalen a 29 millones de personas que reciben dinero a una tasa de retorno cero para el país. Es un economista serio y brillante. Lee los números fríos de hoy.  Siempre hay que escucharlo.

Slim cuenta la historia de su negocio, Telcel, de cómo borró del mapa a la competencia con la genialidad de vender celulares baratos y tiempo aire, para que todo mundo tuviera acceso a la telefonía celular. Pero no se crea que el éxito de Telcel y sus filiales en 26 países se deba a influencias políticas o prebendas; en tres décadas de trabajo e inversión, logró desplazar a Telefónica de Latinoamérica. Incluso hoy, está por superar a la empresa española en Brasil, el país más grande de la región. El “ingeniero” tiene todos los números de todas las empresas que creó y, a pesar de que su lenguaje no es muy fluido, contesta a todo con inteligencia y, cuando le preguntan por Rocha Moya, simplemente dice que él no hablará más que de inversiones. 

En un momento de genialidad, responde a un periodista si la situación de México es crítica o no. Responde que lo mismo se decía en 1982, cuando, se sabe, aprovechó que muchos empresarios se echaron para atrás y él compró negocios a precio de ganga. También conoce sus límites: cuando le preguntan si entrará al “fracking” para extraer petróleo, dice que está muy invertido en proyectos de extracción, que tiene muchas perforadoras tradicionales sin usar desde hace años y que quiere aprovecharlas en el futuro. Según sus cuentas, los empresarios privados de diversas partes del mundo ayudarán a Pemex a extraer 800 mil barriles adicionales de petróleo al día. 

Frente a decenas de periodistas, Slim responde de forma directa y franca. Me llamó la atención su respuesta al proyecto del aeropuerto de Texcoco. “Se decían muchas cosas, pero yo creía que el NAIM tendría un gran impacto social en la zona donde se construiría, ayudando a 6 millones de personas a salir de la pobreza y a acceder a la clase media”. 

A pesar de todo lo que se le critica, sigue siendo el empresario más brillante de México.

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