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Imposible sentirse más afortunado cuando llegan los cumpleaños, pues mis amigos me colman de libros. Lo mejor: conocen mis gustos y por ello aprecio sus regalos (cómo no, varios de ellos terminan comentados aquí). Funderelele, publicado originalmente en 2018 por Taurus, es uno de los más recientes. El ejemplar que llegó a mí corresponde a la octava reimpresión de 2024. Su autora, Laura García Arroyo, pertenece desde su fundación al cuarteto de presentadores de una institución en la tele cultural mexicana: La dichosa palabra, programa del canal 22 que cumple este año con su temporada nro. 24, casi un cuarto de siglo al aire. Si está en México y lee esta columna sobre libros, es casi imposible que no lo conozca.

Como su título, Funderelele es un libro extraño, García compendia de 131 vocablos que se le han atravesado a lo largo de años en el mundo hispanoparlante. Sobre cada uno despliega un texto breve que explica el origen de la palabra, su uso, y a la vez nos cuenta la relación con su vida y aficiones. La cantidad no es menor pues en su prólogo comenta que en el habla cotidiana usamos unas 300 palabras de las apróximadamente 300.000 que lo conforman. Es decir, su colección reuniría en número casi la mitad del léxico de un bloguero o reportero de Televisa…

Verbos como samuelear (echarse un taco de ojo), amusgar (forzar la mirada para ver algo con más claridad), baquear (una joya del vocabulario marinero), bazucar (de gran uso en la coctelería) o asurar (quemar la comida) se complementan con verbos más contemporáneos como gulusmear (comer mientras se cocina) o flavilabar (pasarse la luz amarilla del semáforo). 

Existe un curioso gusto por palabras relacionadas con términos médicos, enfermedades o trastornos emocionales de las cuales me atrajeron el oblito (dolor de cabeza de los cirujanos), la isosmia (de moda tras el Covid), la glabela (espacio anatómico del cuerpo), el hallux (del que todos poseemos dos), la limerencia (quién no la ha padecido), y la clinomanía (que me recordó los últimos años del poeta Rafael Pombo).

Comparto también otros términos desconocidos y de uso muy cotidiano, como la zupia, la tija, la portañuela, el luquete, el boquerel o el mismísimo funderelele con que nos sirven los helados en cono. Mis favoritos y quizás no menos cotidianos: el mador (ligero rezumo capilar), el lemnisco (inexistente en las matemáticas que enseñan en Alemania), el giste (elemento esencial en la zitología) y el conticinio (anhelado momento de la noche), seguro harán las delicias de los lectores curiosos que deseen ensanchar su horizontes léxicos. A mí me vino como anillo al dedo. Gracias, Jesús. 

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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