En su libro “Falsificar la historia”, el doctor en humanidades Miguel Zunzunegui sostiene una idea fundamental sobre la interpretación de los hechos que nos rodean; dice que los ordenamos, les damos sentido y terminamos convirtiéndolos en un relato que hacemos coincidir con nuestras creencias, producto de las historias que nos hemos contado sobre nosotros mismos. Al final, también nosotros somos una narración: “soy la historia que he construido sobre mí mismo y desde la cual interpreto mi propia realidad”.
Esta reflexión viene a cuento por Andy, hijo del expresidente López Obrador, alrededor de quien se han construido historias que configuran una reputación cada vez más negativa. Pero ¿de qué delito es culpable Andy? No lo sabemos, pero suponemos su culpabilidad, aunque hasta ahora no existe una acusación penal formal conocida contra él.
Pero en política las percepciones sí cuentan. Recientemente, una investigación periodística asegura que, durante la indagatoria relacionada con el multicitado buque Torm Agnes, en Guaymas, un intermediario entre aduanas y los hermanos Farías, vicealmirantes detenidos, habría dicho que se trataba de un “tema de Andy”. Una frase tangencial que, por sí sola, no demuestra responsabilidad alguna, aunque alimenta sospechas.
Entonces traigo a colación nuevamente lo que describe Zunzunegui: Primero interpretamos y después acomodamos la realidad para que embone con nuestra interpretación. Donde faltan pruebas colocamos sospechas; donde encontramos coincidencias descubrimos intenciones
Y también hablando de huachicol, el caso Ruffo Appel es muy ilustrativo. El exgobernador panista no enfrenta solamente rumores, sino acusaciones formales: fue investigado durante más de un año y vinculado a proceso por delincuencia organizada y contrabando de combustible a nombre de su empresa; Ruffo conserva íntegramente su derecho a la presunción de inocencia, pero jurídicamente se encuentra en una situación muy distinta a la de Andy.
Sin embargo, muchos simpatizantes panistas se resisten incluso a considerar la posibilidad de su culpabilidad. Vicente Fox dijo que “mete las manos al fuego por Ruffo”. Para quien durante décadas construyó la historia de Ruffo como símbolo de la honestidad democrática del PAN, aceptar siquiera la posibilidad de que haya cometido un delito significa romper una parte de su propia historia.
En el extremo contrario ocurre algo semejante con Andy. Quienes lo detestan ya lo declararon culpable de huachicol fiscal, aunque no exista, hasta ahora, una acusación formal en su contra. Eso no significa que las investigaciones periodísticas carezcan de valor, pero sospecha, acusación y culpabilidad son cosas distintas. Para unos, Ruffo tiene que ser inocente porque pertenece a la historia política en la que decidieron creer; para otros, Andy tiene que ser culpable porque pertenece a la historia política que decidieron rechazar.
Ahí está la tesis de Zunzunegui: falsificamos la historia en aras de nuestras creencias; también la falsificamos seleccionando hechos, magnificándolos o despreciándolos según confirmen o nieguen aquello que queremos creer. Al adversario le exigimos demostrar su inocencia; al nuestro se la concedemos incluso frente a una acusación formal.
López Obrador entendió como pocos el poder de una historia. Durante décadas construyó la suya: el hombre austero frente a la élite corrupta, el político honesto frente a la mafia del poder, el hombre del pueblo frente a los privilegiados. Millones no solamente votaron por él: creyeron en la historia que contó sobre sí mismo.
Por eso las sospechas alrededor de Andy trascienden su eventual responsabilidad jurídica. Si algún día se demostrara que utilizó la cercanía con el poder presidencial para favorecer negocios, el golpe alcanzaría la narrativa fundacional del obradorismo. Pero si las acusaciones resultaran falsas, también quedaría exhibida la facilidad con la que sus adversarios convirtieron sospechas y prejuicios en culpabilidad.
Zunzunegui tiene razón: somos producto de las historias que nos contamos a nosotros mismos. El peligro aparece cuando dejamos de utilizar la historia para entender la realidad y comenzamos a falsificar la realidad para conservar nuestra historia. Andy tiene derecho a la presunción de inocencia; Ruffo también. La diferencia es que uno enfrenta ya una acusación formal y el otro, hasta ahora, no.
Al final, interpretamos la información de acuerdo con lo que somos y con las historias que nos han construido; terminamos acomodando la realidad a esas historias, en lugar de acomodar nuestras historias a la realidad. Somos, finalmente, las historias que nos hemos contado.
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