La tolerancia es quizá el único valor que puede salvar al siglo XXI. No lo digo retóricamente.
Quienes nacimos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial quisimos creer que el costo de las guerras provocadas por la intolerancia había sido tal, que la humanidad había aprendido la lección. Nos equivocamos. Hoy los fanatismos de la identidad -religiosa, ideológica, nacionalista, racial, de género o de clase- han resurgido de las entrañas de la historia. Y como en su origen en el siglo XVII, la tolerancia, esa frágil bandera de la modernidad, está puesta a prueba.
Es preciso defender la tolerancia. Y para ello vale la pena volver a ese origen. Impresionado por los odios políticos y religiosos que caracterizaron la vida holandesa (y la europea en general) en su siglo, el filósofo Baruch Spinoza publicó en 1670 su Tratado teológico-político en el cual critica todo intento de gobernar la conciencia de las personas por parte de cualquier iglesia o estado:
Nadie puede abdicar de su libertad de juicio y sentimiento; y en tanto que todo hombre
es, por derecho natural irrenunciable, dueño de sus propios pensamientos, se deduce
que los hombres que piensan de formas diversas y contradictorias no pueden, sin
resultados desastrosos, verse obligados a hablar solamente según los dictados del poder
supremo [.] no se puede imponer -no es viable, no es lícito- nada a la conciencia a los
hombres; y de esa libertad de conciencia se desprende naturalmente la posibilidad de
que el hombre tenga creencias y las manifieste, y conciba y elabore opiniones en las que
crea, y las pueda publicar.
Para entender la tensión que lo llevó a escribir su tratado -además de la excomunión de la que fue objeto en su propia comunidad, por defender su libertad de pensamiento-, basta recordar el desenlace de aquellas guerras en la ciudad de La Haya. Se trata de un episodio atroz del cual Spinoza fue testigo. Las víctimas fueron los hermanos De Witt, amigos de Spinoza. Uno de ellos, Jan, matemático de ideas liberales, era el gran pensionario (gobernante civil) de Holanda. Su rival era Guillermo de Orange, heredero de la casa real. En el contexto de una confrontación con la Francia de Luis XIV, la gente de La Haya apoyó a Guillermo, culpó de la guerra a De Witt y a su hermano Cornelius, y en 1672 la turba no solo los linchó a ambos, sino que los devoró físicamente. Una pintura de la época revive la escena. Los De Witt colgados de los pies, desollados.
¿Cómo reaccionó el ecuánime filósofo de la razón? Fuera de sí por una vez, escribió un manifiesto titulado Ultimi barbarorum, lo colgó en la puerta de la casa en cuyo ático vivía. Y es conmovedor lo que, según un biógrafo, dijo a su casero:
No tema por mí […] Tan pronto la masa haga el menor ruido en su puerta saldré y los
enfrentaré, aunque me hagan lo mismo que hicieron con los desdichados De Witt. Soy un
buen republicano, y nada me ha movido salvo el honor y el bienestar del estado.
El siglo XXI, pasmosamente, está reeditando las escenas del siglo XVII. ¿Qué hacer ante esa barbarie extrema? “La guerra es absurda -escribió Spinoza- pero estos problemas no me hacen reír ni llorar. Por el contrario, me alientan a comprender mejor la naturaleza humana”. Esa honesta disposición a investigar en su complejidad las causas de las guerras actuales en todas sus variedades -virtuales y reales, mediáticas y cibernéticas- es el primer deber de cualquier empeño intelectual, ya sea en las universidades o los medios, ya sea de quien escribe libros o de quien tiene voz pública. Esa ética científica, aunada al atrevimiento de pensar con libertad y defender la libertad de pensar, es la tarea que Spinoza dejó para todas las generaciones.
Pero ante la “última barbarie” de nuestro tiempo, debemos hacer más y ser más. Debemos imitar la valentía personal de aquel filósofo. La tolerancia no puede degradarse en indiferencia. La tolerancia no aspira a forzar la convergencia de ideas y opiniones, sino la libre discusión sobre ellas. Su única divisa es la civilidad compartida de quien escucha y es escuchado. Por eso la paradoja mayor de la tolerancia es la necesidad de trazar límites: cuando la intolerancia incita a la violencia, debe combatírsele. ¿A qué extremo? Al extremo de Spinoza. Con sentido de responsabilidad, cada uno de nosotros debe dar esa batalla. Y darla con esa misma resolución. Eso, también en nuestro tiempo, es ser un buen republicano.
Fragmento del discurso de aceptación del XXXII Premio de la Asociación para la Tolerancia, Madrid, 30 de octubre de 2026.